Todos a la cárcel

Ángel Juez

El 21 de abril de 1994 inauguramos el Café Fussina, un bar, galería de arte, que atendía por el nombre de Art Cava Fussina, le pusimos el nombre de la calle que había pasado a ser de la calle de la Fuxina (el nombre se debía a que antiguamente había una fábrica de tintes), a la calle Fussina por que a la muerte del dictador habían normalizado el nombre en catalán. Investigamos qué era una fussina, era un pequeño roedor, como una marta en miniatura, una especie de ardilla, de ahí el nombre de Fussina con doble ese.

El bar estaba situado en una calle en la que nacía la hierba entre los adoquines, es decir, de poco paso. A pesar del éxito de la inauguración enseguida quedó claro que el punto era extremadamente duro, tan sólo tenía un cierto éxito los fines de semana. Un sábado por la noche llegó una novia perfectamente ataviada con toda su familia. Había un cliente en el bar al que le hizo una gracia especial, era pescador.

El pescador se sorprende con la novia, entra en contacto con Ángel, le explica a lo que se dedica y le pide si puede utilizar el sótano para hacer sus comidas familiares. El traerá la comida y el bar cobrara la bebida. Empieza así una corta amistad en la que la gastronomía alcanza una calidad suprema sobre todo debido a la frescura del pescado y a los conocimientos populares que los pescadores tienen sobre cocina, a destacar el alioli. El pescador, a quien le gusta que le llamen el patrón, habla mucho y presenta zonas oscuras en su comportamiento que a Ángel no le gustan. La amistad decae muy pronto pero el pescador aumenta su relación con Carlos , el camarero. Ángel, que era un viejo lobo de bar, observa en sus visitas al local que numerosos pequeños traficantes de cocaína frecuentan una o dos veces por semana el bar. Son disciplinados y gastan pero Ángel, al margen de la situación, observa que hay un tráfico evidente, cómo él tiene más negocios, se distancia de la situación y aparece de vez en cuando. No quiere para nada verse involucrado en ese negocio que no es el suyo. Su relación con el camarero, va de mal en peor y piensa: este chico tiene un sobresueldo, que en poco tiempo se le acabará, en ese momento, piensa Àngel, me pedirá un aumento de sueldo que no le concederé. A los dos o tres meses se precipita la situación, Ángel no concede el aumento y el camarero pide la cuenta, organiza con el pescador y sus secuaces una cena de despedida. A la hora de la cena, Ángel llega con un malhumor evidente, de malas pulgas, por decirlo suave. Pide que se sienten a cenar y el se queda en la barra, una pareja de hombres muy bien vestidos, trajeados y encorbatados, se apostan en la barra pidiendo copas, Ángel les dice que se sienten, que el pescado frío no vale nada, ellos contestan que no han venido a cenar, se toman sus copas y se marchan. Cuando Ángel va a despedir a los comensales por que cierra el bar, uno de los ayudantes del pescador, el más garrulo de todos, pero que hace un alioli genial le dice: - Yo ya conozco a estos dos pavos, son estupas. Ángel ha cerrado el circulo. A los dos días, el pescador que tiene una deuda con el bar habla con Ángel y le dice que no le gusta como persona, que le pagará lo que le debe pero que no volverá a pisar su bar. Ángel sabe, como efectivamente sucedió, que nunca cobrará, pero siente un alivio que se corresponde con el peso que se quita de encima. Poco después abren un bar nuevo delante del Fussina, Ángel observa como el pescador repite el paripé de meses antes y empieza a ver a la familia y sus amigos comiendo y cenando en el bar de en frente. Indudablemente, Fernando Huecas, dueño del Kafka, no tiene la experiencia de Ángel. A los pocos meses hay una redada y Fernando Huecas y Lluís, hijo de una familia rica de Barcelona junto con dos chavales de 21 y 22 años son detenidos e ingresan en prisión. Álvaro, un politoxicómano vecino del patrón es detenido pero al ver que no tiene nada que ver, la policía le deja en libertad.

Era el mes de octubre, poco antes de navidad, Salvador, el padre de Lluís, al que han pillado un alijo de cocaína en la boya de su velero en Begur y naturalmente dice que no sabe nada, que alguien se lo ha puesto, llega a un acuerdo con los padres de los chavales para que se coman el marrón a cambio de dinero. Fernando Huecas y Lluís salen de la cárcel y pasan la navidad en familia, aunque la policía les exige una cierta información a cambio. Los chavales reciben una condena de más o menos diez años de prisión, pero sus padres se han llenado las alforjas para cuando salgan.

Fernando Huecas muere unos años después de un cáncer muy doloroso, creo que de páncreas, Lluís se suicida ahorcándose, el pescador sigue con su libre y caótica vida, lo cual resulta tremendamente sospechoso. La historia demuestra una vez más que la avaricia rompe el saco.

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