La ley Corcuera y el Señor Carbonell

Ángel Juez

Durante la segunda legislatura socialista, ganada por Felipe Gonzalez por mayoría absoluta se produjo el nombramiento de un chispa, José Luis Corcuera, como ministro de Interior. De formas autoritarias y bastante toscas, el ministro promulgó la “Ley Corcuera”, más conocida como “la de la patada en la puerta”. Entre las múltiples disposiciones de la Ley, había una que afectaba al consumo de marihuana dentro de los bares. A pesar de que siempre había estado prohibido, la nueva ley imponía multas de un millón de peseta (seis mil euros actuales) a los establecimientos que la infringieran. En aquellos tiempos el Ascensor era un bar muy tranquilo, sobretodo por la tardes, y había un grupo de amigos y colegas del barrio que lo frecuentaban para echarse la partida de dominó, como si de jubilados se tratara, aunque no lo eran ni mucho menos. Algunos de estos parroquianos tenían la sana costumbre de fumar canutos. El grupo estaba compuesto por periodistas, artistas, y gente del barrio, que iban cambiando según los días. El ambiente era cultural y sumamente pacífico. Visto lo visto, al dueño no se le ocurrió otra cosa que incrustar un extractor a la altura de la mesa donde se hacía la partida. Lo bautizaron, naturalmente, como “el extractor Corcuera”.

 

El dueño del Ascensor jugaba todas las partidas, y se levantaba puntualmente para atender a los pocos clientes que aparecían por la tarde, atraídos por la fama y la belleza del bar. Una plácida tarde de primavera llegó a l'Ascensor un señor mayor de aire distinguido y educación exquisita. El dueño se levantó ipso facto para atenderle y el señor le pidió una agua sin gas. Le sirvió, le cobró y volvió a sentarse para acabar la partida. El buen hombre apostado en la barra seguía con un cierto interés las charlas y los comentarios que en la mesa se producían. Al poco tiempo volvió a pedir otra agua sin gas, disculpándose porque tenía que tomarse una pastilla. El dueño, solícito, le sirvió, y cuando el cliente le dijo qué le pedía, le contestó que no le debía nada. El cliente se sorprendió, e insistió que quería pagar. El dueño le dejó claro que él era quien mandaba, que las consumiciones mínimas eran caras, y que con pagar una vez una agua bastaba, más si cabe si la necesitaba para tomarse una medicina. El hombre, visiblemente emocionado, le dijo: “Gracias, yo también soy del oficio. Soy el señor Carbonell (DEP), dueño del Dry Martini.” Ángel, el dueño, quedó gratamente sorprendido y le enseñó la guía “Barcelona-Bar”, en la que salía el Dry Martini, de la que era coautor. El texto especificaba que si Cerdà lo hubiera conocido, también hubiera ido al Dry Martini.

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