Gelu el incombustible

Ángel Juez

En su siguiente entrega, Gelu profundiza un poco más en las pequeñas desgracias que produce la hostelería.

 

Era un bar de noche muy cercano a la Generalitat y al Ajuntament. El dueño decidió abrir por las mañanas para dar almuerzos con notable éxito, a pesar de que sus comienzos fueron un poco abruptos. El primer día repartió publicidad dedicada a los funcionarios en la que les invitaba a un café, los empleados públicos se presentaron en masa y la Ley de Murphy actuó averiando la cafetera. Después del primer contratiempo la cosa fue mejorando poco a poco.

A mediodía el trabajo se relajaba pero tenía clientes habituales que hacían gestiones por la zona. Una vez por semana acudían a este bar una señora y un señor a los que se les veía distinguidos, educados e impecablemente vestidos. Pedían un Cacaolat natural ella y una Voll Damm él. Un día les atendió el dueño, que no era muy avezado en el servicio: agitó el Cacaolat para que se disolviera el cacao que había en el fondo y abrió la cerveza, les puso los posa vasos, los vasos y cuál no sería la sorpresa cuando antes de servir volvió a zarandear el Cacaolat como si no lo hubiera abierto. Les puso perdidos. A pesar de los paños para limpiarse, la invitación y las disculpas no volvieron más. NORMAL.

 

Apostado en la barra de un bar de Cadaqués, observé a una camarera que pasaba una comanda al encargado de la barra. En la comanda decía “bodka con naranja”. El encargado, muy catalán, leyendo la nota, le comentó – Oye, vodka, va con v – Ah!, contestó ella, en Extremadura va con B. Sin comentarios.

 

Sorpresa. En el Pla de Palau había un bar popular, que ya no existe, que pasó de ser un bar de tapas de barrio al que acudían muchos de los noctámbulos que frecuentaban el Borne a un restaurante de élite. De entrada reformaron el local, cambiaron la barra de sitio para conectarla con la cocina y en la pared frente a la barra pintaron un mural enorme con la cara de todos los clientes antiguos; su nombre: La Estrella de Plata, que en su época tuvo un éxito sobresaliente. Con la euforia, tomaron en gestión un restaurante situado a unos veinte metros (la Comercial Salinera) en el mismo Pla de Palau. Cuál no sería mi sorpresa cuando llego un día y veo en el primer local, el rótulo en el que decía: Estrella de Plata, Tapas Frías y, en el segundo: Estrella de Plata, Tapas Calientes. Y yo pensé, si pido unas ostras y unas gambas ¿tengo que cambiar de local para comerme una cosa y la otra? Para morirse de risa. Ya no existe.

 

Plaça Reial, finales de los noventa. En un local muy popular, lleno de animales disecados que tenía por nombre El Taxidermista, montaron un restaurante a todo lujo con el mismo nombre. Me aficioné porque hacían unos calamares a la romana que a mi me entusiasmaban. El personal era muy joven y recién salido de la escuela de hostelería, en la cocina había talento pero la sala era un absoluto desastre. Un día estaba degustando mis calamares favoritos mientras observaba el desajuste evidente que había en la sala repleta de turistas, sobretodo alemanes de una cierta edad. La clientela estaba alucinada porque los camareros daban vueltas y vueltas sin hacer nada, incluso vi cómo ponían segundos platos sin retirar los primeros. De pronto a un camarero se le cayó una bandeja llena de copas de cristal en medio de la sala, la respuesta de la clientela fue impresionante, de inmediato se pusieron todos en pié aplaudiendo como si de un espectáculo se tratara. Bravo.

Añadir un comentario nuevo:

Tu dirección de email permanecerá oculta y no se mostrará públicamente.

Otros artículos relacionados: