Empieza la ruina II

Ángel Juez

 

Siempre he defendido que los catalanes daban prestigio a la hostelería por que eran los que vivían y hablaban en la ciudad. Nunca me han molestado los viajeros aunque a ellos los perdimos con el drama del 2017. Si me ha enojado el turismo de borrachera por que se han hacinado en pisos de AirBnB con toneladas de cerveza y comida basura compradas en los supermercados y después repartidas por toda la ciudad provocando una suciedad inmensa de tal manera que se me hacía difícil ver el beneficio.

A los catalanes los he sufrido y los he disfrutado por que junto a directores de periódico, defensores del pueblo o nietos de alcaldes que han tomado copas a medias, incluso en fin de semana, también los han habido que ha gastado y vivido sin freno como debe ser en determinadas franjas de edad. He sufrido parejas que han estado horas y horas con una cerveza que se hacía eterna y a quienes debías poner quicos para que se fueran entre otras tretras como subirles la música o quitarles el aire acondicionado pero también he disfrutado con numerosos grupos de jóvenes que han pasado la noche consumiendo moderadamente como el carácter catalán impone pero sin parar.

Siempre he respetado a los extranjeros que viven y trabajan en Barcelona por que sus respectivas culturas les obligaban a consumir en tanto en cuanto se mantuvieran al bar.

Con todo, los guiris casi nunca han supuesto más del 25 % de mi negocio y la caida actual del consumo se situá casi en el 50 % . El miedo al bicho y la deflación, supone que la oferta supere ampliamente a la demanda, son los verdaderos causantes de la situación. Esta es la verdadera ruina y la que nos espera que dudo que sea menor.

Y la ruina se profundiza, se nota en la cara de la gente, en los comentarios, en el comportamiento. Una parte de la población notablemente nerviosa intenta vivir como si no hubiera un mañana. Los mercados, auténtico termómetro de la vida doméstica lo corroboran.

Los creativos como en los años 30 se esfuerzan en hacer buena publicidad, hay que vender como sea

La población en general, y los jóvenes en particular empiezan a sufrir una falta de liquidez, algunos por que se han quedado sin trabajo y otros por que no reciben la misma ayuda familiar. Esto afecta notablemente a la hostelería nocturna que depende en gran medida de ellos.

Difícilmente las cosas que se anuncian, pasan. Los científicos en general anunciaban una segunda ola de infecciones en octubre y mira por donde, ya la tenemos aquí.

El mundo de las coctelerías de mas renombre y mejor situadas del Born funcionan a un poco más del 50 por ciento. La Barceloneta sigue resistiendo básicamente gracias a su cercanía al mar, junto a todo el Litoral, aunque también también hay problemas. El barrio Gótico sigue deprimido igual que la parte baja del Raval, la parte media está muy gentrificada por que viven muchos inmigrantes en ella, la parte alta sigue siendo un lujo, sobre todo de día. Los barrios funcionan mejor aunque se nota que los autóctonos se han ido de vacaciones. 

Los cientificos no aciertan, los efectos secundarios de los que han sufrido el virus es brutal. No ganamos para tonterías, se multiplican las contradicciones (transporte público, cine, teatro, conciertos).

La cultura ha dejado de ser importante, el móvil lo es mucho mas aunque no hay mal que por bien no venga, los jóvenes tan enganchados del móvil como desafectos de la cultura se han encontrado con la obligación de trabajar provocada por la precariedad de la pandemia. Cuando vas a la plaza y ves a un joven limpiando pescado te dan ganas de reir pero piensas: Bueno, poco a poco se irán acostumbrando, lo mismo pasa en las lavanderías cuando el hijo del dueño tiene que doblar la ropa o llevar la carretilla de reparto que le da una vergüenza brutal que poco a poco va superando. 

Esto es lo que hay o así es como yo lo percibo. No dejo de pensar que la esperanza es lo último que se pierde. Que la fuerza nos acompañe, la necesitaremos.

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