El señor Conde. El atún y los mejillones

Ángel Juez

 

Un par de años después de abrir el bar apareció un personaje más bien marginal por los que siempre he sentído debilidad. Se hacía llamar Conde y se dedicaba a vender trapos para secar vasos que no dejaban pelusilla en aquellos tiempos en que los lavavajillas no eran populares. El señor Conde tenía un timbre de voz muy alto, siempre explicaba y era verdad que había sido futbolista del Real Club Deportivo Espanyol, al acabar la carrera como futbolista por culpa de una mala administración, común en aquellos tiempos, se vio avocado a un trabajo precario. De todas maneras en verano hacía la temporada de la Costa Brava dónde vendía mucho y le iba bien. Volvía en invierno con su abrigo característico y su bolsa cargada de paquetes de una docena de paños que un par de veces por temporada, yo le compraba. Vivía en una pensión de mala muerte de las que los barrios húmedos de Barcelona estaba lleno.

Siempre recordaba sus años mozos y explicaba que la Viuda Cliquot le había ofrecido a su hija en matrimonio, yo le decía: - Señor Conde ¿Cómo no aceptó? Y el me contestó : - Es que era coja.

Cuando le invitaba a una cerveza siempre decía: -Tienes el mejor bar de Europa, a lo que yo le contestaba: -Si no fuera por que lo dice usted, Señor Conde.

El pobre hombre fue haciéndose mayor y degradándose cada día más le costaba vender sus maravillosos paños. Uno de los efectos secundarios de las olimpiadas fue el cierre de las pensiones baratas, muchas de ellas, hay que reconocerlo, insalubres. El señor Conde se quedó en la calle, con él empezó el fenómeno de los sin-techo. Él dormía en un banco de la Catedral con todas sus pertenencias encima, de vez en cuando me visitaba y me contaba que a menudo se lo robaban todo. Un día le regalé una pandereta grande de atún que hacía diez años tenía en la estantería.

Al poco tiempo vino a darme las gracias y me explicó la fiesta que se había tirado con sus compañeros, me contó que uno había puesto el pan, otro los tomates, otro el vino y se lo habían pasado a lo grande.

Por aquellos tiempos tenía un cuñado al que llamábamos “el caducado” que repartía alimentos por todo el mundo y siempre nos traía cosas. Se me ocurrió coger una caja repleta de frascos de mejillones en conserva y bajarla al bar para dársela al señor Conde. Al cabo de unos pocos días apareció y se la regalé. Cuál no sería mi sorpresa cuando volvió al día siguiente y me dijo: -Pero tu ¿Qué te has creído, quieres matarme o qué?

La caja de mejillones estaba caducada de dos semanas , la lata de atún, tenía diez años. No volví a verlo nunca más

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