El gitano de Jerez y Miguel Poveda

Ángel Juez

Durante mi adolescencia repudiaba el flamenco porque aquello del quejío que nos colocaban abusivamente por el único canal de televisión del que disponíamos me aburría soberanamente, yo era de los Jackson Five, Arthur Conley, Otis Reding y Aretha Franklin. Para mí eran y siguen siendo el alma de la música junto a la multitud de variantes que han aparecido después. Al poco de entrar en la veintena tuve la oportunidad de entrar a trabajar en numerosos conciertos de música en vivo con numerosos artistas famosos tanto a nivel internacional primero como nacional poco después. Con Gay&Co trabajé en seguridad y con la productora Cabra, además de la seguridad, me encargaba de pegar carteles en los recién plantados pirulos que habían colocado por toda la ciudad. En Cabra conocí a Josep Mª Prat con quien decidimos montar una agencia de management (Àgencia Càmera). A través de Prat conocí a la gran Serena Vergano, que fue decisiva en mi descubrimiento de la música flamenca a través de los discos de Camarón de la Isla con Paco de Lucía, entre los discos y la asistencia en el Palau de la música al festival organizado para conmemorar el día de Andalucía, en el que participaron cantaores como el chocolate o lebrijano acompañado de Paco Cepero, bailaores como el Farruco (abuelo del tristemente famoso Farruquito) o las fantásticas y lloradas Fernanda y Bernarda de Utrera puedo decir que mi amor por el flamenco nunca dejó de crecer.

Como me dedicaba a la hostelería, bien pronto aprendí que el flamenco y los bares no casaban muy bien. Allí donde pinchaban flamenco llegaban los gitanos que, a pesar de ser buenas personas, conformaban una tribu en la que había elementos problemáticos que no eran mucho de fiar. El problema radicaba en que cuando uno de estos se peleaba los demás, en vez de separarlos, les ayudaban y se montaba la de Dios es Cristo y, visto lo visto, decidí no pinchar nunca flamenco en mi bar y en los que lo hacían observé que no andaba nada desencaminado pero, como a mí me encantaba el flamenco me aficioné a un bar-tablao muy antiguo del barrio gótico, su nombre, La Macarena sito detrás del restaurante Los Caracoles, y que se convirtió después de cerca de cien años de existencia en una exitosa discoteca. El funcionamiento de La Macarena era similar al de los bares de camareras: pagabas copas a los artistas y ellos te tocaban, te cantaban y te bailaban más o menos en exclusiva. Pepe, el dueño, tenía un chorro de voz, era murciano y cuando había faena, le ayudaba su amante que regentaba un bar de camareras en la calle Escudellers, cuando intervenía lo hacía siempre desde la barra,en La Macarena se servían copas y se comía jamón y espárragos con limón.

En el año 1999 me dieron la concesión del Sherlock-Holmes, el bar del famoso Pipa Club y el día de la apertura no se me ocurrió otra cosa que ir con Martín, el encargado, a celebrarlo en La Macarena.

A los dos días me llama Martín y me dice: Àngel, hay aquí un guitarrista que viene de parte de Pepe de la Macarena, se llama Rafael de Utrera y me ha pedido permiso para tocar en el escenario, dice que le encanta el sitio y le hace mucha ilusión, yo conocía a Rafael, era una especie de Paco de Lucía en pequeñito, fui incapaz de negarme a tanto arte y asentí, fué el principio del fin, Rafael venía cada mes y tocaba cada vez. Poco tiempo después llegó Miguel Poveda y se hizo residente, detrás de el “el Chino” y toda su banda que se aficionaron a celebrar sus cumpleaños en la sala reservada a los socios, la Borkum Riff, compraban botellas y ofrecían espectáculos únicos que no tenían desperdicio, eran una gozada, yo los disfrutaba y sufría a la vez debido a mi experiencia, no tardaron en llegar dos gitanillos que se dedicaban a robar en una sala y vender lo que habían robado en otra. Teníamos una seguridad muy potente y conseguimos echarlos con muchas dificultades, nos costó mas de media hora llevarlos de la sala del billar hasta la puerta, una vez en la calle rompieron el cristal de la puerta de entrada, consideré que nos había salido barato. Al Pipa no paraban de llegar artistas de todo tipo, recuerdo con mucho afecto la visita de Pau Dones, entre los flamencos recuerdo a la compañía de Joaquín Cortes que vinieron cada día mientras actuaban en el Tívoli, especial ilusión me hizo la visita de “La Martirio”después de su actuación en el Palau de la Música. Miguel Poveda, a quién admiro, seguía viniendo a diario y se ponía hasta el culo de todo, yo cada día sufría más con los gitanos pero no sabía como quitármelos de encima,un día vino el hermano pequeño de Raimundo, el patita negra le llamaban, y otro día Farruquito a quién negué la entrada en la reservada sala Borkum Riff.

Una noche cualquiera llegué de madrugada al Pipa Club y me dijeron: ¿Ves a ese hombre? Acaba de mearse en las cortinas. Lo comprobé y me dirigí a él preguntándole, ¿Qué has hecho? A lo que naturalmente contestó: Yo no he hecho nada. Le dije un par de veces más, Dime qué has hecho por favor. Se afirmaba en que no había hecho nada, pero me preguntó: ¿Qué tengo que hacer? A lo que contesté: Tienes que salir de este local inmediatamente. El hombre salió sin contratiempos y, detrás de él, salió Miguel Poveda. Le paré y le dije: Oye Miguel, esto no va contigo. Y él contestó: Ya lo sé, pero este hombre es un gitano de Jerez que ha venido conmigo, y estoy muerto de vergüenza.

A partir de aquél día no volvieron más los gitanos, otros artistas sí. Perdimos arte pero ganamos tranquilidad.

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