Así empezó todo

Ángel Juez

Conocí L'Ascensor en plena adolescencia, alguien me comentó: han abierto un bar muy bonito en una callejuela detrás del Ayuntamiento y, ni corto ni perezoso, un domingo al volver de excursión con mochila y todo fui a visitarlo sólo y me tomé una coca-cola, estaba lleno y era realmente bonito. En aquellos tiempos los amigos de la noche, bastante mayores que yo, eran adictos a la zona de Tuset Street, salvo alguna escapada a la plaza Real nunca tocábamos la parte baja de la ciudad. Con la mayoría de edad, Jaume, un amigo de mi edad me hizo descubrir el Zeleste y mi percepción cambió, me gustaba la música y aquél era un local fantástico, poco a poco me fui aficionando al barrio de la Ribera, en el que una vez confirmado el cierre del Borne se montaron bares muy originales a partir de las tiendas y almacenes de alimentación que iban cerrando por falta de negocio. Recuerdo con cariño la apertura del Berimbau, el Zócalo, la Lola, l'Octubre y el Nus. Para comer o cenar íbamos a los de toda la vida como el Xampanyet, la Estrella de plata, el Aquilino o el Raïm, aunque mi preferido era el Sopeta Una, y algunos de noche como el Bribón o el Delfos, ambos oscuros y anticuados. No hace falta decir que a la sombra del Zeleste surgió todo un barrio nocturno que hoy en día es el más potente de la ciudad.

En el año 76 entré en el mundo de la música de la mano de Willy, a la sazón jefe de seguridad de los conciertos organizados por Gay Mercader (Gay&Co). Fue Willy quien me llevó por segunda vez a L'Ascensor con la excusa de hacer unas carreras a los dados, cuál no sería mi sorpresa al encontrarme a Joan, un periquito que vivía y vive encima del Gelida que me conocía desde pequeño, me comentó que el bar estaba en traspaso por si me interesaba pero en aquellos tiempos no tenía ni dónde caerme muerto así que decliné humildemente su oferta. Era por la tarde, no había gente pero a mí me gustó más que en mi primera visita. La camarilla de la entrada, la fuente, la caja, el reciclaje de lámparas de gas y la decoración de madera y telas me robó el corazón. También recuerdo de aquellos tiempos las rutas de fantásticos bares gays que me enseñó Carles Flavia, donde escuchábamos flamenquito del bueno y tomábamos unas tapitas curiosas. De todas maneras permanecí fiel a Sta Mª del Mar y sus alrededores, era un chaval idealista con tendencia al hipismo en mis horas libres y una cierta admiración por lo bohemio aunque me gustaban las chicas elegantes y bien vestidas y arregladas. Ellas siempre me llevaban a sitios pijos y elegantes tipo Psicosis o Equilibrio pero a mí me gustaba enseñarles la Barcelona bohemia poco conocida de principios de los setenta. Y fue así como volví a L'Ascensor con Tancy de consorte. Saludé a Joan que reiteró la oferta de traspaso a pesar de no ser el dueño. Las tornas habían cambiado y mi situación económica ya no era tan paupérrima, decidí entrar en conversaciones, me gustaba la gente y los bares aunque era muy poco bebedor. Nos pusimos de acuerdo en poco tiempo y debo reconocer que no supe regatear y debería haberlo hecho, me salió carísimo, todos mis amigos y saludados me aconsejaron que no lo hiciera, que estaba loco, pero yo me había enamorado y ya se sabe, el amor es ciego aunque manco no.

Fue un éxito que aún perdura. Final feliz.

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