Un milagro para empezar

Ángel Juez

Era joven, me gustaba la gente y me gustaban los bares a pesar de no ser un gran bebedor, quería independizarme de la familia y no se me ocurrió otra cosa que coger un bar del que me había enamorado, no sin razón, porque aún me dura, se llama L´Ascensor. No hay ni que decir que no tenía ni puta idea, la ignorancia como es sabido es muy atrevida, en estas circunstancias me lié la manta a la cabeza y me dispuse después de una limpieza a fondo y la creación de un logo fantástico que aun perdura a abrir el bar en compañía de un presunto profesional de los muchos que abundaban en aquellos tiempos. Era tan novato que me dejaron el bar absolutamente pelado, con el tiempo comprobé que mis dotes para la negociación eran nulas. No sólo estaba huérfano de todo tipo de licorería sino que además no disponía ni de cascos de refrescos o cervezas, ni por supuesto de cajas donde albergarlas. Para más inri me quedé tieso como la mojama poco antes de empezar.

Mi padre que me había ayudado a pagar más de la mitad del traspaso estaba un poco enfadado conmigo y no me atreví a pedirle más dinero, en aquellos tiempos no estaba bien visto que los jóvenes se independizaran tan pronto. Ahora pasa todo lo contrario, muchos padres no se sacan de encima a sus hijos ni con agua caliente.

En esta tesitura me enfrenté al grave problema de llenar el bar de contenido, por amistad había conseguido el logotipo, las fotos y una inauguración a lo grande gracias a que me lo fiaron mis amistades del momento, pero me faltaban la materia prima y los utensilios. Estábamos a finales de los 70, el bar solo tenía horario nocturno y los grandes distribuidores no repartían de noche. Había licorerías que por un poco más de precio te servían los refrescos y las cervezas además de los espirituosos. Me hablaron de una al lado de correos que ofrecía este servicio. Me presenté con una lista de la compra bastante abultada, hay que tener en cuenta que no tenía nada. Ni corto ni perezoso, con más atrevimiento que valentía, hablé con el encargado. Él sencillamente tomó nota, me hizo la cuenta y me dijo que había que pagar al contado. Asustado le dije que no tenía un duro, le expliqué que en mi trabajo anterior relacionado con los accesorios de coches pagábamos a 30 o 60 días, me contestó que en hostelería se cobraba al contado y por lo tanto debíamos pagar al contado rabioso las cervezas, los refrescos y el primer pedido de licores. Como los licores no se gastaban inmediatamente permitían pagarlo a 30 días a partir del segundo pedido.

Mi cara, que no me la veía, debía de ser patética, no sabía ni qué hacer ni qué decir cuando de golpe el dueño de la licorería me dijo – Oye, tú te llamas Àngel Juez? - Sí, contesté sorprendido. - Estudiaste en la academia Cultura de la calle Villarroel? - Sí, contesté yo. - ¿Te acuerdas de que el profesor de latín daba clases con todo el mundo de pié e iba haciendo preguntas de tal manera que unos iban avanzando a otros y le encargaba al primero que recogiera el castigo que inflingía a los tres últimos. El castigo consistía en copiar tres o cuatro declinaciones cincuenta veces. Tú, que siempre estabas el primero eras el encargado de recoger las copias y te las ingeniaste para quedártelas cada vez y revendernoslas a los tres últimos entre los que me encontraba yo por un duro. - Sí, el maestro confundía al primero con un empollón bonachón, cosa que yo no era y me permitió aprovecharme de las circunstancias al comprobar que el me pedía las copias pero no se las quedaba. - También me acuerdo que te dedicabas a levantar las faldas de las chicas con la regla. - Efectivamente, ese era yo.

Esta milagrosa conversación fue el detonante para que me fiara. El suspiro que se me escapó fue directamente proporcional al alivio que sentí.

La inauguración consistió en la llegada de coches tirados a caballo con ocho personas vestidas de época que se apearon delante del bar, la expectación era máxima y el éxito superó con creces todas mis previsiones. Uno de los personajes que iba montado en el coche de caballos era pintora, se llamaba Roser, la noche anterior, mientras se probaban los trajes, pintó un cuadro de los ocho personajes con gran acierto. Con el cuadro hicimos un fotolito a la antigua que aún perdura tanto en las puertas como en las tarjetas del Ascensor.

A veces hay finales felices, este sin duda es uno de ellos, aunque se tratara de un comienzo.

Comentarios

Enviado por Vicenç gracia planas en Lunes, 08/24/2020 - 08:43

Formidable !

Añadir un comentario nuevo:

Tu dirección de email permanecerá oculta y no se mostrará públicamente.

Otros artículos relacionados: