Los Alquileres

Ángel Juez

A mediados de los ochenta me escandalicé por primera vez en mi vida con el precio de una venta de un local de catorce metros cuadrados. Pedían cuatro millones de pesetas, y estaba en la calle Cucurulla de Barcelona, y pensé: ¿Quién puede pagar tanto dinero por un sitio tan pequeño?

Indudablemente yo era un pipiolo y no tenía ni puta idea de como van los negocios. Cual no sería mi sorpresa cuando observé que en poco tiempo lo compraban y lo ponían en alquiler, más o menos por sesenta mil pesetas al mes. Aún aluciné más cuando observé el modelo de negocio que montaban. Hicieron una tienda de chuches triangular con una sola trabajadora en la caja mientras el público daba la vuelta escogiendo sus productos y pagaba antes de salir. El éxito fue brutal y creó tendencia, para mi fue toda una lección.

La segunda vez que me quedé de piedra, a principios de los noventa, fue directamente con un alquiler. La familia Nolla, que tenía y tiene uno de los grupos más potentes de la hostelería barcelonesa, se quedaba un local en la esquina de Passeig de Gràcia con Consell de Cent, pagando un alquiler de un millón y medio de pesetas al mes. Ahí montaron y aún existe el Tapa Tapa en la planta baja y el Cítrus en el piso superior, para mi que siempre he sido más pobre que una judía, me parecía una auténtica aberración que alguien dedicara las primeras cincuenta mil pesetas de caja diarias a pagar un alquiler. Acostumbrado a los alquileres indefinidos del franquismo no daba crédito a la situación. Indudablemente los propietarios estaban muy quemados con esta ley, en el momento en que alguien cerraba un local bien situado aprovechaban para cobrar el precio que consideraban de mercado y que durante cuarenta años les había sido negado.

Estos ejemplos no son más que los prolegómenos que llevaron a la sustitución de la antigua LAU por la Ley Boyer de 1994, la nueva ley contemplaba una transición de veinte años si te avenías a un pequeño aumento en el alquiler antiguo. Durante unos años se permitió la subrogación de padres a hijos en los alquileres de las viviendas. Hay que pensar que durante la dictadura las familias tenían derecho a vivir hasta tres generaciones en el mismo piso, siempre que el propietario no lo necesitara para un hijo suyo, aún hoy hay pisos enormes que pagan cien euros al mes de alquiler. Poco a poco los locales se iban alquilando a precio de mercado. La nueva ley puso una fecha límite a los subrogados, a partir del uno de enero de 2014 los alquileres quedaban libres en todos los casos excepto en aquellos contratos a nombre de personas físicas firmados antes de 1993. Los propietarios por fin liberados dieron rienda suelta a sus ambiciones tantos años reprimidas. La acción-reacción derivada de este efecto llevó a la subida exponencial de los alquileres que ahora sufrimos. Como la crisis financiera de 2008 ya había remitido y Barcelona era anhelada por todo tipo de inversores, nacionales y extranjeros, los precios se dispararon de forma descabellada. Cada vez que le discutías a un propietario el precio del alquiler te respondía explicándote y demostrándote que disponía de dos o tres ofertas más altas. La siembra de estos vientos nos llevó a las actuales tempestades.

El drama de la pandemia ha sido amortiguado por las ayudas de los ERTEs, pero los alquileres a pesar de haber sido renegociados con una bajada temporal de entre el treinta y el cincuenta por ciento son sin ningún tipo de dudas la piedra angular que desanima profundamente a los grandes empresarios de la hostelería, los autónomos, a pesar de poder trabajar y cobrar las ayudas también sufren este problema.

Para ilustrar el momento actual, nada como la quiebra del grupo CACHEIRO, el detonante se produjo cuando en el mes de enero uno de los locales que explotaban en Passeig de Gràcia recibió una notificación en la que le anunciaban un aumento del alquiler del local de cincuenta a setenta mil euros mensuales.

No nos extenderemos con más casos, que haberlos haylos. Sólo me gustaría lanzar una reflexión: lo que no puede ser o creo que no puede ser, es que alguien cobre por el precio de las paredes tres, cinco y hasta más veces que beneficios puede conseguir el empresario encargado de buscar el concepto, decorarlo, llenarlo de contenido, responsabilizarse de los trabajadores y pagar los cuantiosos impuestos.

Está claro que lo más importante de un negocio es el sitio, el sitio y el sitio. Pero pienso honradamente que todo tiene un límite.

 

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