El amante del arte de la bodega Flassaders

Ángel Juez

Los editores siempre dicen, barriendo para casa, que la venta de libros de bares depende mucho de la capacidad que tengan los autores para colocarlos, teniendo en cuenta que los bares son un punto de venta ideal y ellos tienen la firma. La experiencia demuestra que esto es así pero no está exenta de sorpresas, las he visto de todos los colores, uno me dijo que lo tenía en el lavabo y después de leer cada página se limpiaba el culo, otro que después de leerlo quemaba las hojas para darle un sentido más místico. Les contestaba que mientras lo leyeran me parecía bien, a fin de cuenta ya me lo habían pagado, también era consciente de que muchos no lo leían.

Por cuestiones comerciales y para que mi actitud no quedara en entredicho siempre llevaba un par de ejemplares en la moto que poco a poco iba colocando entre los conocidos, pero había gente de quien no me fiaba demasiado y tan sólo les anunciaba la buena nueva. Uno de ellos era un camarero a quien conocía poco pero desde hacía mucho tiempo. Se lo comenté y me dijo: “Tráeme uno”.

Pasaba a menudo por la bodega dónde trabajaba y él me lo recordaba:- “Tú, ¿y el libro?”. Lo llevaba encima pero sabedor de la fijación que tiene el personal con no pagar la cultura, no se por qué, no me fiaba. A la cuarta vez que me lo dijo se lo llevé y se lo dediqué, él me dio las gracias y me dijo que si quería tomar algo, sospeché que pretendía pagarme con una cerveza y le dije que no, que tenía mucha prisa. A los pocos días me lo encontré comiendo en un quiosco del mercado y le pregunté si le había gustado, me dijo que se lo había dejado a su hermano y lo había encontrado muy entretenido. Le comenté que con las prisas no se lo había cobrado y puso cara de Póquer. “Ya me la has metido”, pensé, un amigo mío me comentó que no cobraría, tenía toda la razón.

Al poco tiempo vino a verme un pintor con quien comparto una cierta amistad, vive al lado de la bodega, le comenté el caso y empezó a reírse, me dijo que el mismo individuo le encargó un retrato, se lo hizo, se lo enseñó a lo que contestó que aparecía con poco pelo, que se lo mejorase por favor. Lo optimizó, le preguntó si le gustaba y ante la respuesta afirmativa le dijo: ¿Cómo lo arreglamos esto?, el camarero le comentó que podía tomarse unas cervezas, se bebió tres. Al día siguiente volvió al bar, pidió otra cerveza y el camarero le dijo que su crédito había acabado, el pintor pensó: “Este tío es un malvado, teniendo en cuenta que el dueño no está nunca seguro que él no paga las cervezas”. Le prometí que esto no quedaría así. A los pocos días volví a coincidir con el camarero en el quiosco del mercado, no le saludé a pesar de estar sentado a su lado. En el ticket de la cuenta escribí: “Jordi, el amante del arte de la bodega Flassaders ¡Vaya chorizo!” Y me fuí, dudo que no lo leyera. Se lo comenté a mi amigo pintor  y entre carcajada y carcajada me dijo: “¡Bien hecho!”.

He pensado enfrentarme con él, pero creo que no vale la pena, mi amigo ya le dijo que yo estaba muy enfadado. Mejor escribir este post y asegurarme de que lo lea. Es mucho más divertido. Como todo el mundo sabe la venganza es un plato que se sirve frío.

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