LA SEGURIDAD EN BARCELONA DESDE LOS AÑOS 60 HASTA NUESTROS DIAS

Ángel Juez

Barcelona ha sido, como corresponde a una ciudad portuaria, una plaza insegura, los barrios bajos y especialmente el Raval siempre han tenido esta fama. Durante muchos años, antes y después de la guerra civil, la burguesía animaba las calles tanto del Raval cómo del Gótico a la salida del Liceo. No era extraño que frecuentaran bailes como el Cádiz, donde las mujeres de moral distraída y los delincuentes comunes abundaban, con la llegada de la dictadura se producen varios intentos de acabar con el barrio chino que se saldaron con sonados fracasos. Durante el franquismo la policía se nutria de información a base de confidentes que disfrutaban de una cierta impunidad a cambio de sus constantes chivatazos, digamos que la cosa estaba controlada de aquella manera y el monto mayor de hurtos se hacían al descuido, respetando unas ciertas normas como la de ir a mangar lejos del barrio en el que habitaban. Los barceloneses siempre habían enfrentado este problema con decisión, valentía y alegría. Muchos de ellos se hicieron adictos al “resopó” y los restaurantes estaban abiertos hasta altas horas de la madrugada.

Los ladrones tenían la costumbre después de cada palo de irse a gastar el botín a los bares, restaurantes, discotecas y casas de putas que más les gustaban donde incluso tenían confianza.

A la vez que llegaban familias del resto de la península en busca de un trabajo que acostumbraba a ser muy duro, también llegaba otro tipo de gente mas vaga que se dedicaba a robar, aunque también dijeran que venían a trabajar, la Ciudad Condal era una urbe con una densidad de habitantes de las mayores del mundo y sólo podía crecer por los arrabales, barriadas de nueva construcción como La Mina, San Cosme o Can Tunis se hicieron famosas gracias a la delincuencia. L'Hospitalet y sobretodo Sta Coloma adquirieron el sobrenombre de “ciudad sin ley”, los delincuentes se sumaron a los que siempre habían habitado en los alrededores del puerto y el barrio chino. Los trabajadores del hurto socializan con sus colegas en determinados bares.

A la explosión de júbilo que provocó la muerte del dictador (“to er mundo e gueno” rezaba el eslogan que tanto daño hizo), trufada de actos de rebeldía y miles de desobediencias ilustradas como por ejemplo en las jornadas libertarias del 76, las cárceles se amotinan y las navajas se multiplican como arma callejera. A todo esto se sumó la aparición de las drogas, la grifa, y el hachís (el famoso chocolate) consumido de siempre en los bajos fondos, se hizo muy popular. La cocaína, consumida hasta entonces sólo por las élites fue distribuida entre las clases medias, el LSD (ácido, trippy, secantes) entre los progres y aspirantes a intelectuales pero lo que de verdad hizo daño fue la heroína popularmente llamada “caballo o jaco” que provocó el nacimiento de una nueva delincuencia, la de los yonquis que inducidos por el mono les llevaba al robo indiscriminado tanto dentro como fuera de la familia, como consecuencia aparecen los camellos, una nueva forma de delincuencia que tienen en los bares un punto de contacto privilegiado. Durante estos años es frecuente reventar locales, los bares no son una excepción sobretodo por que los equipos de música de importación son fácilmente revendibles, lo mismo pasa con los aparatos de los coches y por supuesto las maletas.

En este contexto llegamos a los años ochenta, el intento de golpe de estado del 23F y el asalto al Banco Central de la Plaza Cataluña acaban con el buenismo de la sociedad española en general y catalana en particular. Al año siguiente los socialistas ganan las elecciones y deciden relajar la presión que había en las prisiones, liberan a 40.000 reos a la vez, el ambiente en la ciudad se hace irrespirable, los balcones se llenan de pancartas y la gente se rebela cuando pillan a alguno de los numerosos rateros pero acaban entregándoselos a la policía. Los tirones se suceden en la parte baja mientras en la parte alta hay numerosos atracos con armas, los cacos se aficionan a entrar en los restaurantes amenazando con pistolas y pidiendo a la gente que dejen encima de la mesa todo el dinero y los objetos de valor. Se ponen de moda los tirones con moto que provocan grandes lesiones en las víctimas, el nuevo código penal no ayuda a la policía, que se desanima. Los timadores y los carteristas de toda la vida se ponen las botas sobre todo con los visitantes de los numerosos congresos que se celebran en la ciudad.

Los yonquis empiezan a morirse por las esquinas, el caballo demuestra su peligrosidad, la cocaína se impone, las costumbres cambian.

Hasta principios de los noventa en que la policía hace una limpieza exhaustiva en toda la ciudad, especialmente en la zona húmeda, se nota que llegan las olimpiadas y hay que dar buena imagen. En los bares el robo se tecnifica, los chorizos habilísimos entran en locales con mucho ambiente y en un abrir y cerrar de ojos se llevan un bolso sin que nadie sea capaz de detectarlos. De todas maneras la noche sigue muy animada aunque empieza a notarse una nueva cultura del entretenimiento, primero el vídeo, después los DVDs y finalmente los móviles cambian los hábitos del personal.

Continuará...

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